Cuando sigues aprendiendo por las malas

Susurro del olivar,

Hay personas que parecen tropezar siempre con la misma piedra.

Las circunstancias cambian. Los nombres cambian. Los lugares cambian. Incluso las intenciones cambian. Esta vez prometen hacerlo mejor. Esta vez intentan tomar decisiones más sabias. Esta vez creen haber aprendido la lección. Sin embargo, de una forma u otra, terminan nuevamente en una situación dolorosa que les resulta demasiado familiar.

Y entonces aparece una pregunta incómoda:

¿Por qué sigo aprendiendo por las malas?

Reflexión inspirada en las lecturas del 28 de enero 2026

Segunda de Samuel 7:4-17 | Salmo 89:4-5, 27-30 | Evangelio de Marcos 4:1-20

Quizá no se trata de una sola gran decisión. Quizá son pequeños patrones que se repiten con el tiempo. La impaciencia que vuelve a meternos en problemas. El orgullo que nos impide pedir ayuda. La necesidad constante de tener la razón. El miedo que nos hace posponer decisiones importantes. Sin darnos cuenta, seguimos recorriendo caminos conocidos y terminamos llegando a lugares que también nos resultan conocidos.

Las lecturas de hoy nos muestran algo que muchas veces pasamos por alto: el problema no siempre es que no sepamos qué hacer. El problema es que solemos ignorar las señales.

En la primera lectura encontramos al rey David viviendo ya en su palacio. Después de años de luchas y batallas, finalmente disfruta de estabilidad y paz. Al mirar alrededor, siente que algo no encaja. Él vive en una casa sólida mientras el Arca de Dios permanece en una tienda. Entonces decide construir un templo para el Señor. Parece una idea noble, correcta y llena de buenas intenciones.

Sin embargo, Dios le habla a través del profeta Natán y le muestra algo que David todavía no puede ver.

David está pensando en construir una casa para Dios. Dios está pensando en establecer una dinastía que durará generaciones. David está mirando el presente. Dios está mirando el futuro.

Lo sorprendente no es solamente la promesa que Dios hace. Lo sorprendente es que David escucha. No insiste en imponer su propio plan. No se aferra a su propia visión. Recibe la palabra que Dios le da y permite que esa palabra cambie su dirección.

El Salmo 89 continúa desarrollando esa misma promesa. Una y otra vez aparecen palabras relacionadas con la firmeza, la estabilidad y la permanencia. Dios promete que su alianza permanecerá firme a través de las generaciones. Pero también deja claro que, cuando los descendientes de David se aparten de sus caminos, habrá corrección.

Y aquí aparece una imagen importante.

Dios no habla como un juez distante. Habla como un padre.

Un buen padre no le dice a su hijo que no toque una estufa caliente porque quiera controlar su libertad. Lo advierte porque conoce el resultado. Sabe que el dolor llegará después del contacto. La advertencia es un acto de amor. La quemadura no es el castigo del padre. Es la consecuencia de ignorar la advertencia.

Eso es precisamente lo que aparece detrás de la alianza de Dios con David. La corrección no nace de la falta de amor. Nace del amor de un Padre que conoce adónde conduce cada camino.

Entonces llegamos al Evangelio.

Jesús está junto al lago enseñando a una multitud tan grande que debe subir a una barca para hablarles. Allí cuenta la conocida parábola del sembrador. Un agricultor sale a sembrar. Algunas semillas caen junto al camino, otras en terreno pedregoso, otras entre espinos y otras en tierra fértil.

Más tarde, cuando los discípulos le preguntan por qué habla en parábolas, Jesús pronuncia unas palabras que parecen desconcertantes. Habla de personas que miran pero no perciben, que escuchan pero no entienden. Sin embargo, cuando explica la parábola, el problema se vuelve evidente.

La semilla es la palabra de Dios.

La diferencia no está en la semilla.

La diferencia está en cómo se recibe.

Algunos escuchan, pero la palabra desaparece rápidamente. Otros la reciben con entusiasmo, pero las dificultades los hacen abandonar. Otros permiten que las preocupaciones, las distracciones y los deseos terminen ahogándola. Solo la tierra buena escucha la palabra, la acepta y produce fruto.

Y aquí las tres lecturas empiezan a unirse.

Dios habla.

Dios advierte.

Dios muestra el camino.

Pero no todos reciben la advertencia.

No todos reconocen las señales.

No todos cambian de dirección.

La mayoría de las consecuencias no aparecen de repente. Antes suelen venir acompañadas de señales. El cuerpo que lleva tiempo pidiendo descanso antes de enfermarse. Una amistad que se enfría después de meses de conversaciones evitadas. Las deudas que crecen poco a poco antes de convertirse en una carga. La pequeña deshonestidad que parece inofensiva hasta que termina dañando la confianza.

Las señales suelen ser discretas al principio, pero están ahí para quien está dispuesto a prestar atención.

Sin embargo, seguimos adelante pensando que todavía hay tiempo.

Y cuando finalmente llega el dolor, nos sorprende algo que llevaba mucho tiempo anunciándose.

Por eso Jesús habla de personas que miran pero no perciben.

La señal estaba ahí.

La advertencia estaba ahí.

La palabra estaba ahí.

Pero no fue recibida.

Muchas veces creemos que aprendemos únicamente a través del dolor. Pero Dios, en su misericordia, intenta enseñarnos antes por medio de su palabra. La consecuencia suele convertirse en maestra solamente cuando la advertencia ha sido ignorada.

Por eso la frase central de las lecturas no es una amenaza.

Es una expresión de amor:

Dios advierte porque conoce adónde conduce el camino.

No advierte para controlar.

No advierte para castigar.

No advierte para limitar.

Advierte porque ve lo que nosotros todavía no podemos ver.

Ve el final del camino cuando nosotros apenas vemos el siguiente paso.

Quizá hoy no necesitas preguntarte qué está saliendo mal.

Quizá la pregunta correcta es otra.

¿Qué señales has estado pasando por alto?

¿Qué advertencia sigues posponiendo?

¿Qué dirección necesita ser corregida antes de que la consecuencia termine enseñándote aquello que Dios ya intentó mostrarte por medio de su palabra?

Un pensamiento final

La sabiduría aprende de la advertencia.

La necedad aprende de la consecuencia.

Dios, en su amor, siempre intenta hablar primero.

Jessica 🌿


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