El peligro de tener razón

Susurro del olivar,

Hace unos días observé algo que me hizo reflexionar profundamente. No era una discusión. No era una mentira deliberada. Era algo mucho más sutil. Era la facilidad con la que una persona puede construir una realidad entera a partir de interpretaciones, suposiciones y conclusiones propias. Lo más sorprendente no era que estuviera equivocada. Lo más sorprendente era la certeza con la que sostenía aquello que creía saber.

Y entonces comprendí algo que también puede ocurrirnos a cualquiera de nosotros.

Reflexión inspirada en las lecturas del 29 de enero 2026

Segunda de Samuel 7:18-19, 24-29 | Salmo 132:1-2, 3-5, 11, 12, 13-14 | Evangelio de Marcos 4:21-25

A veces no nos alejamos de la verdad porque la rechazamos. Nos alejamos de ella porque creemos haber llegado ya a ella. Cuando estamos convencidos de que sabemos lo que ocurre, dejamos de hacer preguntas. Dejamos de escuchar. Dejamos de buscar. Poco a poco, nuestra interpretación empieza a ocupar el lugar de la realidad.

Por eso me llamó tanto la atención la actitud de David en la lectura de hoy.

Después de recibir una promesa extraordinaria de Dios, David entra en su presencia y pregunta: “¿Quién soy yo?”. No responde con seguridad absoluta. No presume comprenderlo todo. No se apresura a sacar conclusiones. Permanece abierto, receptivo y humilde. Su postura deja espacio para que la verdad siga hablándole.

En el Evangelio, Jesús insiste en algo parecido: “Prestad atención a lo que escucháis”. No dice simplemente: “Escuchad”. Dice: “Prestad atención”. Porque oír y escuchar no son siempre lo mismo.

Podemos oír palabras sin realmente recibirlas. Podemos escuchar a alguien mientras ya estamos preparando nuestra respuesta. Podemos terminar las frases de los demás porque creemos saber lo que van a decir. Podemos asumir intenciones, pensamientos y motivos sin haberlos verificado jamás. Y cuando eso ocurre, dejamos de escuchar antes de que la verdad haya terminado de hablar.

Quizá por eso Jesús añade: “La medida que uséis se usará para vosotros”. La forma en que nos acercamos a la realidad determina lo que la realidad puede enseñarnos. Si me acerco convencida de que ya sé, aprenderé poco. Si me acerco con humildad, permaneceré abierta a recibir más.

Lo que hoy parece una simple actitud, con el tiempo se convierte en un camino. Cuando dejamos de escuchar porque creemos que ya sabemos, nuestras decisiones empiezan a construirse sobre interpretaciones en lugar de sobre la verdad. Podemos malinterpretar a las personas, crear conflictos que nunca debieron existir e incluso transmitir nuestras suposiciones a otros como si fueran hechos, o peor aún, a nuestros hijos. Y las consecuencias rara vez se quedan en un solo momento. Alcanzan nuestras relaciones, nuestras familias y el futuro que estamos construyendo.

Por eso las Escrituras insisten tanto en la humildad. Lo que comienza como una postura termina convirtiéndose en un destino. Porque el verdadero peligro no es equivocarse una vez. El verdadero peligro es construir un futuro sobre algo que es menos que la verdad.

La humildad no consiste en pensar menos de uno mismo. Consiste en reconocer que todavía puede haber algo que no veo. Que aún puedo aprender. Que aún puedo escuchar. Que la verdad puede ser más grande que mi interpretación de ella.

En un mundo lleno de opiniones, conclusiones rápidas y certezas ruidosas, la humildad se ha convertido en una forma silenciosa de sabiduría. No porque nos haga débiles, sino porque nos mantiene cerca de la verdad.

David lo entendió. Jesús lo enseñó. Y nosotros seguimos necesitándolo.

Porque el peligro de tener razón no es estar en lo cierto.

El peligro es dejar de escuchar.

Las lecturas de hoy nos muestran una misma actitud desde diferentes ángulos. David entra en la presencia de Dios con humildad. En lugar de asumir que lo entiende todo, pregunta: “¿Quién soy yo?”. Su corazón permanece abierto a recibir.

El salmo habla de buscar un lugar para Dios, una imagen que también puede entenderse como la disposición interior de quien sigue buscando la verdad y la instrucción divina.

En el Evangelio, Jesús advierte sobre la forma en que escuchamos. Nos invita a prestar atención, porque la medida con la que recibimos la verdad influirá en lo que somos capaces de comprender.

El mensaje central no es simplemente evitar el error. Es permanecer humildes y receptivos. Cuando creemos que ya sabemos, dejamos de escuchar. Pero cuando permanecemos abiertos, Dios sigue enseñándonos.

Hoy me pregunto:

¿Hay alguna situación en mi vida en la que haya dejado de escuchar porque estoy convencida de que ya sé?

Quizá la verdad todavía no ha terminado de hablar.

Jessica 🌿

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