Cuando malinterpretas a las personas
Susurro del olivar,
Hay momentos en los que confundes a las personas. A veces porque alguien parece bueno al principio y con el tiempo descubres algo distinto. A veces porque alguien habla con seguridad y termina trayendo división. Y a veces porque alguien no parece extraordinario, no impresiona demasiado, no encaja del todo en lo que esperabas… y aun así, con el tiempo, empiezas a reconocer algo verdadero en su forma de actuar, en la paz que deja, en la manera en que trata a otros, en la vida que produce alrededor suyo.
Y eso puede desorientarte.
Jessica🌿
Un buen árbol se revela por sus frutos.
Susurro del olivar
Reflexión inspirada en las lecturas del 26 de enero 2026
Segunda de Samuel 5:1-7, 10 | Salmo 89:20, 21-22, 25-26 | Evangelio de Marcos 3,22-30
Porque reconocer quién es realmente una persona no siempre ocurre a primera vista. Hay personas que saben decir las palabras correctas. Personas que saben parecer humildes, parecer sabias, parecer sinceras. Y también hay personas genuinas que al principio pueden parecer incómodas, extrañas o difíciles de entender. Por eso una de las preguntas más profundas de la vida no es simplemente qué pensar, sino cómo discernir correctamente a las personas cuando las apariencias no bastan.
Eso es exactamente lo que aparece en las lecturas de hoy.
En el libro de Samuel, las tribus de Israel finalmente reconocen a David como rey. Pero lo más importante no es el momento de la coronación. Lo importante es cómo llegaron a reconocerlo. Porque David no apareció de repente como alguien completamente distinto a los demás hombres. No llevaba una señal visible que demostrara inmediatamente que Dios estaba con él. De hecho, durante mucho tiempo Saúl seguía ocupando oficialmente el trono. Exteriormente, ambos podían parecer reyes.
Pero el pueblo había observado algo con el tiempo.
Habían visto quién los guiaba realmente.
Quién los protegía.
Quién traía estabilidad.
Quién actuaba como pastor incluso antes de recibir oficialmente el título.
Por eso dicen: “Ya antes, cuando Saúl reinaba sobre nosotros, eras tú quien dirigía a Israel.”
No reconocieron a David solo por apariencia.
Lo reconocieron por el fruto.
Y entonces el salmo revela algo todavía más profundo: aquello que producía David no nacía solamente de él. Dios mismo dice: “Mi mano estará siempre con él.” La fuerza de David no venía únicamente de su capacidad personal. Venía de aquello con lo que estaba alineado. Venía de la presencia que lo sostenía.
Por eso David crece.
Por eso el reino se fortalece.
Por eso hay unidad.
Porque aquello que está verdaderamente alineado con Dios termina produciendo vida.
Y entonces el Evangelio muestra el contraste.
Los escribas observan a Jesús expulsando demonios, liberando personas, devolviendo libertad a quienes vivían atormentados. Ven el fruto delante de ellos. Ven restauración. Ven alivio. Ven liberación. Pero aun así interpretan todo al revés. Dicen que Jesús actúa por el poder de Satanás.
Y ahí Jesús responde con una frase que revela el centro de todo: “Un reino dividido contra sí mismo no puede sostenerse.”
No está respondiendo solo con lógica. Está enseñando a discernir.
Porque aquello que viene de la oscuridad termina produciendo división, confusión, destrucción y esclavitud. Mientras que aquello que viene de Dios produce restauración, claridad, libertad y vida.
Y entonces todo comienza a unirse.
David es reconocido por el fruto de su liderazgo.
Jesús debía ser reconocido por el fruto de sus obras.
Los escribas fallan porque dejan de mirar el fruto y empiezan a juzgar desde sus prejuicios, sus sospechas y sus expectativas.
Y eso sigue ocurriendo ahora.
A veces las personas más peligrosas no parecen peligrosas al principio.
Y a veces las personas más genuinas no parecen impresionantes inmediatamente.
Porque la verdad rara vez se revela por completo en la primera impresión.
Por eso Jesús enseña una y otra vez a mirar más profundo.
No solo escuchar lo que alguien dice.
No solo mirar cómo se presenta.
No solo dejarse impresionar por seguridad, carisma o apariencia.
Sino observar qué produce esa persona a su alrededor.
¿Trae paz o confusión?
¿Trae unidad o división?
¿Te acerca más a la verdad o te llena de ruido?
¿Produce humildad o manipulación?
¿Hay vida en lo que deja detrás suyo?
Porque el fruto siempre termina revelando el árbol.
En el olivar esto se entiende de una forma sencilla. Desde lejos, muchos árboles pueden parecer iguales. Pero cuando llega la temporada correcta, el fruto empieza a revelar la verdad de cada uno. Algunos árboles sostienen aceitunas sanas y abundantes. Otros muestran ramas agotadas, fruto débil o señales de enfermedad que antes no se veían tan claramente.
Y lo mismo ocurre con las personas.
Con el tiempo, lo que alguien realmente es empieza a aparecer en aquello que produce constantemente.
En cómo trata.
En cómo habla.
En lo que deja crecer alrededor suyo.
En el efecto que tiene sobre la paz, la verdad y la vida de otros.
Porque no todo se reconoce a primera vista.
Pero un buen árbol siempre termina revelándose por su fruto.
Jessica 🌿
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