¿Por qué mi vida es peor ahora que sigo a Jesús?

Susurro del olivar,

La renovación no siempre se parece a un nuevo comienzo. A veces se parece más a descubrir cosas de nosotros mismos que llevaban años ahí, escondidas detrás de un «yo soy así», y empezar a verlas de otra manera.


Este Susurro sobre la renovación nace de las lecturas diarias del Leccionario católico, un ciclo que reúne diferentes partes de la Biblia a lo largo del año. Estas fueron las lecturas del 2 de febrero de 2026:

Malaquías 3:1–4 · Salmo 24:7–10 · Lucas 2:22–40 · Hebreos 2:14–18

A veces la conexión entre ellas es evidente. Otras veces no lo es. Pero cuando permaneces un tiempo con ellas, respetando la historia de cada una y, al mismo tiempo, leyéndolas unas junto a otras, un pasaje empieza a iluminar al otro.

Y esta vez me llevaron a comprender algo que hasta ahora no había entendido del todo.

Tendemos a imaginar la renovación como algo agradable. Como dejar atrás una etapa difícil, empezar de nuevo o convertirnos poco a poco en una versión mejor de nosotros mismos. Pero estas lecturas presentan una imagen bastante distinta. La renovación que comienza cuando seguimos a Jesús no siempre empieza haciéndonos sentir mejor. A veces empieza mostrándonos aquello que todavía necesita ser transformado.

Malaquías anuncia que el Señor viene a su templo, pero justo después de anunciar su llegada hace una pregunta inquietante: ¿quién podrá resistir el día de su venida? Entonces aparece una imagen muy concreta. Dice que será como el fuego del fundidor, que se sentará a refinar y purificar la plata.

El fuego del fundidor no está destinado a destruir la plata. Sirve para separar de ella aquello que no pertenece al metal precioso. La impureza no aparece porque haya llegado el fuego; ya estaba allí. Lo que hace el proceso de refinamiento es hacerla visible y permitir que sea retirada.

Creo que algo parecido puede suceder dentro de nosotros cuando empezamos a seguir a Jesús más de cerca.

Cuanto más leo la Biblia, más me sorprende encontrarme a mí misma dentro de sus historias. Un relato puede hacerme recordar algo que ocurrió hace años y que nunca había vuelto a cuestionar. Una palabra puede hacerme mirar de otra manera una reacción que siempre había justificado. Algo que escucho durante la Misa, una reflexión cristiana o las propias lecturas diarias puede devolverme a una experiencia que creía comprender perfectamente y mostrarme algo que entonces no fui capaz de ver.

No ha cambiado el recuerdo. Lo que ha cambiado es la luz bajo la que ahora lo miro.

Y poco a poco aparece el espejo.

Hay maneras de reaccionar, miedos, heridas, defensas, orgullo o hábitos que pueden acompañarnos durante tanto tiempo que dejamos de distinguirlos de nosotros mismos. Decimos: «Yo soy así», como si todo lo que hemos aprendido a hacer, todo aquello con lo que nos hemos protegido o todo lo que repetimos sin pensar formara necesariamente parte de quienes somos.

Seguir a Jesús y permanecer en su Palabra empieza a poner esas cosas delante de nosotros desde otra perspectiva. No porque Él quiera dejarnos atrapados mirando nuestros errores, sino porque hay cosas que solo pueden empezar a cambiar cuando finalmente somos capaces de verlas.

Y verlo puede doler.

Puede herir nuestro orgullo descubrir que una reacción que siempre habíamos justificado no era tan justa como pensábamos, que detrás de algo que llamábamos fortaleza había miedo, o que aquello que considerábamos simplemente parte de nuestro carácter estaba haciendo daño, a nosotros mismos o a los demás.

Pero hay algo que estoy aprendiendo a recordar: verlo no significa que Dios lo haya puesto ahí. Significa que ahora podemos verlo.

Y eso cambia mucho las cosas.

Porque cuando algo deja de estar escondido dentro de un «yo soy así», empieza a existir la posibilidad de responder de otra manera. Quizá al principio solo lo reconocemos después de haber reaccionado. La siguiente vez nos damos cuenta mientras está sucediendo. Y, con el tiempo, puede llegar un momento en que lo vemos venir y podemos elegir.

La renovación no siempre sucede de golpe. Muchas veces empieza simplemente con una nueva manera de ver.

Quizá por eso, después de la imagen del fuego de Malaquías, el Salmo 24 nos ofrece otra imagen: unas puertas que deben abrirse.

«¡Puertas, levantad vuestros dinteles!», proclama el salmo. «Que entre el Rey de la gloria.»

Me parece importante el orden. No somos nosotros quienes tenemos que convertirnos en nuestros propios fundidores, obsesionándonos con encontrar y corregir cada defecto. La invitación es mucho más sencilla y, al mismo tiempo, mucho más difícil: abrir.

Dejar entrar a Dios.

Dejar que Él ilumine aquello que nosotros todavía no podemos ver y no cerrar la puerta inmediatamente cuando lo que aparece nos incomoda.

Porque nuestra primera reacción ante la confrontación suele ser defendernos. Explicarnos. Justificarnos. Mirar hacia otro lado. Volver a decir: «Es que yo soy así».

Abrir la puerta significa estar dispuesto a considerar que quizá no todo aquello que hemos llamado «yo» tiene que acompañarnos para siempre.

Y entonces llegamos al Evangelio de Lucas.

Simeón llevaba mucho tiempo esperando. El Espíritu Santo estaba sobre él y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías. Movido por ese mismo Espíritu, entra en el templo precisamente cuando María y José llevan allí al niño Jesús. Entre toda aquella gente, Simeón reconoce quién tiene delante.

Lo toma en sus brazos.

Y entonces llega la paz.

«Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador.»

Pero hay un detalle que ahora me llama especialmente la atención. Toda esta escena está llena de personas cuya vida ya está orientada hacia Dios. Simeón vive guiado por el Espíritu. Ana, ya anciana y viuda desde hacía muchos años, no se apartaba del templo y servía a Dios día y noche con ayunos y oraciones. María y José han llevado a Jesús allí para cumplir lo establecido por la Ley.

Y es precisamente en medio de todo eso donde aparecen las palabras difíciles.

Simeón bendice a María y José y anuncia que aquel niño será causa de caída y de elevación para muchos, que será signo de contradicción, que quedarán al descubierto las intenciones de muchos corazones y que una espada atravesará el alma de María.

La confrontación no aparece porque estas personas estén lejos de Dios.

Aparece en medio de una vida que se vuelve hacia Él.

Eso cambia profundamente la manera en que entiendo la renovación. Seguir a Jesús no significa entrar en una vida en la que todo lo incómodo desaparece. A medida que le seguimos, escuchamos su Palabra y aprendemos a mirar desde su perspectiva, algunas cosas que antes permanecían escondidas empiezan a salir a la luz.

Y cuando eso ocurra, quizá necesitemos recordar algo importante: no confundas la confrontación con un retroceso.

Puede estar sucediendo precisamente porque estás avanzando.

La paz que encuentra Simeón tampoco depende de saber que todo lo que viene después será fácil. La encuentra porque ha reconocido a Jesús y lo tiene entre sus brazos antes de pronunciar una sola palabra sobre lo que vendrá.

Quizá ahí está la diferencia.

La paz no está en conocer cada paso del proceso. Está en saber a quién seguimos.

Y ahí es donde la última lectura, la carta a los Hebreos, se convierte casi en una respuesta.

Nos recuerda que Jesús no observa nuestra experiencia humana desde lejos. Compartió nuestra carne y nuestra sangre. Conoció el sufrimiento y la prueba. Y precisamente porque Él mismo sufrió siendo probado, puede ayudar a quienes están siendo probados.

No estamos siguiendo a alguien que desconoce el camino.

Él ya lo ha recorrido.

Por eso podemos permitirnos no saber exactamente quiénes seremos al otro lado de cada transformación. Podemos soltar poco a poco la necesidad de defender cada versión conocida de nosotros mismos, porque nuestra seguridad no está en permanecer exactamente como somos. Está en Aquel a quien seguimos.

Y hay algo más que he empezado a descubrir en este proceso.

Cuanto más comprendo mis propias reacciones, más despacio juzgo las de los demás.

Cuando descubres cuánto puede esconderse debajo de una respuesta brusca, de una necesidad de tener razón, de una defensa inmediata o de una actitud que durante años parecía simplemente «tu manera de ser», empiezas a preguntarte qué habrá debajo de las reacciones de otra persona.

Quizá miedo. Quizá una herida. Quizá orgullo. Quizá algo que lleva tantos años cargando que tampoco sabe ya distinguirlo de sí misma.

Comprender nuestras propias sombras no debería hacernos mirar peor a los demás. Debería hacernos más misericordiosos.

Todavía hay mucho de mí que no conozco. Y, curiosamente, eso ya no me inquieta como antes.

Porque empiezo a entender que seguir a Jesús no consiste únicamente en aprender quién es Él. También significa permitir que, a su luz, vayamos descubriendo quiénes somos nosotros y qué cosas hemos estado cargando que nunca estuvieron destinadas a formar parte de aquello en lo que Él nos está convirtiendo.

Malaquías nos deja frente al fuego del fundidor. El salmo nos pide que abramos las puertas. Simeón nos muestra la paz que nace de reconocer y recibir a Jesús, incluso antes de conocer todo lo que vendrá después. Ana nos muestra lo que significa permanecer cerca de Dios, reconocer a Jesús y compartir la experiencia con otros. Y Hebreos nos recuerda que Aquel a quien seguimos conoce personalmente el camino humano que estamos recorriendo.

Leídas juntas, esas voces parecen decir algo muy sencillo:

Sigue a Jesús. Y cuando el camino se vuelva accidentado, agárrate fuerte. La confrontación forma parte de tu renovación.

Quizá hoy no necesites descubrir todo lo que todavía tiene que cambiar. Quizá sea suficiente con prestar atención a una sola cosa que la Palabra de Dios te está permitiendo ver de otra manera: algo que siempre has defendido con un «yo soy así», una reacción que empieza a resultarte familiar o una puerta que normalmente cerrarías en cuanto algo amenaza la imagen que tienes de ti mismo.

No tienes que saber todavía quién serás cuando termine el proceso.

Solo necesitas seguirle, mantener la puerta abierta y confiar en Aquel que te está guiando.

Él sabe lo que está haciendo contigo.

Jessica 🌿

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Mira cómo este mensaje se revela paso a paso en el video de mi canal de Youtube.

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