No pierdas la fe, incluso cuando parezca inútil

Susurro del olivar,

Hay momentos en los que tener fe no parece especialmente difícil. Todavía vemos posibilidades. Todavía queda algo que podemos intentar. Todavía podemos imaginar que las cosas cambien, que llegue una respuesta o que aquello que esperamos termine sucediendo.

Pero hay otros momentos en los que algo cambia. No necesariamente dejamos de creer en Dios. Simplemente llegamos a un punto en el que ya no sabemos qué más hacer.

Y entonces aparece una pregunta muy sencilla: ¿Para qué seguir creyendo?


ste Susurro sobre la fe nace de las lecturas diarias del Leccionario católico, un ciclo que a lo largo del año reúne diferentes partes de la Biblia y nos invita a escucharlas unas junto a otras. Estas fueron las lecturas del 3 de febrero de 2026:

2 Samuel 18:9–10, 14, 24–25, 30–19:3 · Salmo 86:1–6 · Marcos 5:21–43

A primera vista son historias muy distintas. Pero después de permanecer un tiempo con ellas, empezarás a notar algo muy sencillo que no se ve al principio.

La primera lectura nos lleva hasta David y su hijo Absalón. En medio de una batalla, Absalón avanza montado en su mula cuando su cabeza queda atrapada entre las ramas de un árbol. La mula continúa su camino y él queda suspendido allí, todavía vivo, «entre el cielo y la tierra». Un hombre lo encuentra y avisa a Joab, comandante del ejército de David. Joab va hasta Absalón y lo mata.

David no sabe lo que ha ocurrido. Está sentado entre las dos puertas de la ciudad, esperando noticias. Y eso es prácticamente todo lo que puede hacer: esperar.

Cuando finalmente llega un hombre corriendo con noticias de la batalla, lo que anuncia es una buena noticia: Yahvé ha juzgado a favor de David y lo ha librado de quienes se habían levantado contra él. Pero David solo quiere saber una cosa: ¿está bien mi hijo Absalón?

Cuando comprende que Absalón ha muerto, se derrumba: «¡Hijo mío, Absalón! ¡Hijo mío, hijo mío, Absalón! ¡Ojalá hubiera muerto yo en tu lugar!». Hay algo profundamente humano en esas palabras: ojalá hubiera podido hacer algo.

Y quizá también revelan algo que David llevaba dentro mientras esperaba: la esperanza de que su hijo siguiera vivo. Absalón se había rebelado contra él. Por eso el mensajero entiende lo sucedido como una buena noticia y como un juicio de Dios a favor de David. Pero David esperaba otra cosa. Su grito deja ver hasta qué punto: habría preferido morir él antes que Absalón.

Sin embargo, en estos versículos no vemos a David llevar esa esperanza ante Dios. Espera noticias, pero no lo vemos pedir por su hijo ni confiarle a Dios aquello que realmente desea. Y al final descubre el límite de lo que él mismo puede hacer. No puede salvar a su hijo. No puede ocupar su lugar.

Cuando miramos al Salmo 86, de pronto escuchamos algo que no habíamos escuchado de David: una llamada a Dios. «Escúchame, Yahvé, respóndeme, pues soy pobre y necesitado». «Ten piedad de mí, Señor, pues a ti clamo todo el día». Y en medio de esa oración aparece una frase: «Salva a tu siervo, que confía en ti».

El salmista tampoco puede salvarse a sí mismo. Pero llama, pide ayuda y confía. Y eleva hacia Dios aquello que sí puede entregarle: «A ti, Señor, elevo mi alma».

Ahí está la primera respuesta de estas lecturas. Cuando llegamos al límite de lo que nosotros podemos hacer, podemos llamar a Dios. Podemos llevar hasta Él aquello que esperamos y confiarle lo que ya no está en nuestras manos.

El Evangelio de Marcos nos muestra por qué. Jesús acaba de cruzar el lago en barca y, al llegar a la orilla, una multitud se acerca a Él. Entre ellos llega uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo. Tiene una hija que está muriendo y, cuando ve a Jesús, cae a sus pies y le suplica que vaya con él. Y Jesús va.

Jairo también tiene una esperanza: que Jesús llegue hasta su hija, ponga las manos sobre ella y la salve. Pero, a diferencia de David, Jairo lleva esa esperanza directamente a Jesús. En ese momento todavía puede imaginar cómo podría terminar la historia.

Pero en el camino sucede algo inesperado: otra historia interrumpe la suya. Entre la multitud hay una mujer que lleva doce años sufriendo hemorragias. Ha acudido a muchos médicos, ha sufrido mucho y ha gastado todo lo que tenía. No ha mejorado; al contrario, está peor.

Doce años pueden contener muchas razones para dejar de esperar, muchas oportunidades para pensar que ya se ha intentado suficiente y muchas ocasiones para preguntarse: ¿para qué intentarlo otra vez?

Pero ella escucha hablar de Jesús y vuelve a esperar. Piensa: si consigo tocar aunque solo sea su ropa, seré salvada. Esa esperanza no se queda dentro de ella: la mueve hacia Jesús. Se abre paso entre la gente, se acerca por detrás y toca su manto.

Y Jesús se detiene. Entre toda aquella multitud que lo rodea y lo aprieta, reconoce ese pequeño gesto de fe. La mujer se acerca temblando, cae ante Él y le cuenta toda la verdad. Ese pequeño detalle me parece ahora mucho más importante: tiene miedo, está necesitada, pero va hacia Jesús.

En cierto modo, eso es exactamente lo que acabamos de escuchar en el Salmo. El salmista se presenta ante Dios tal como está: pobre, necesitado, pidiendo ayuda. Lo llama, confía en Él y pone su vida en sus manos. Esta mujer hace lo mismo, pero ahora lo vemos suceder.

Y Jesús le dice: «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz». Tu fe te ha salvado. Otra conexión con el Salmo, porque el Salmo acababa de decir: «Salva a tu siervo, que confía en ti».

Y justo ahí la historia de Jairo está a punto de volverse mucho más difícil. Mientras Jesús todavía está hablando con ella, llegan unas personas de casa de Jairo con la noticia que cambia todo: «Tu hija ha muerto». Pero no se limitan a comunicarle la muerte. Añaden una pregunta: «¿Para qué molestar ya al Maestro?»

Ahí está el momento en el que la esperanza parece haber llegado demasiado tarde. Jairo había acudido a Jesús precisamente porque todavía esperaba algo. Había llevado esa esperanza hasta Él, había pedido ayuda y Jesús incluso había empezado a caminar con él. Pero ahora su hija ha muerto. Aquello que esperaba ya no parece posible.

Y es precisamente cuando la esperanza parece quedarse sin nada visible a lo que aferrarse cuando Jesús le dice a Jairo: «No temas; solamente ten fe». No le explica lo que va a hacer. No le pide que comprenda. Simplemente le pide que siga confiando.

Jesús va hasta donde está la niña. Los demás han llegado a un límite, pero Jesús continúa. La toma de la mano y le dice: «Talitha koum», «Muchacha, a ti te digo, álzate». Y la niña se alza.

No deberíamos leer esta historia intentando convertir su desenlace en una promesa sobre cómo terminarán nuestras propias historias. Hacerlo podría hacernos perder precisamente aquello que estas lecturas nos están enseñando.

No sabemos siempre qué hará Dios. No sabemos cuándo responderá. No sabemos si aquello por lo que rezamos terminará de la manera que deseamos. La fe no consiste en saber cuál será la respuesta, sino en llevar nuestra esperanza a Dios y confiarla a Él.

Llama a Dios. Acude a Él. Confía. Incluso cuando no puedas ver qué podría hacer, cuando otros te digan que ya no tiene sentido o cuando parezca inútil.

Porque el límite de nuestra comprensión no es necesariamente el límite de la realidad. Dios alcanza más allá de lo que nosotros podemos hacer o ver. Hay más entre el cielo y la tierra.

Y de eso se trata precisamente la fe: de creer en aquello que todavía no podemos ver.

Jessica 🌿

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