Cuando te sientes atrapada viviendo según las decisiones de otros
Susurros al olivar
«A veces lo que más aprieta no es la falta de opciones, sino haber cedido poco a poco la propia voz.«
Reflexión inspirada en las lecturas del 16 de enero 2026
Primer libro de Samuel 8,4–7. 10–22 | Salmo 89,16–17. 18–19 | Evangelio: Marcos 2,1–12
Susurro del olivar,
Hay personas que no se sienten rebeldes.
Se sienten cansadas.
Inseguras.
Con la sensación constante de no poder con todo.
Y casi sin darse cuenta, empiezan a hacer algo que parece razonable:
dejar que otros decidan.
Que otros dirijan.
Que otros asuman lo que pesa.
No porque quieran perder libertad,
sino porque creen que no tienen fuerza suficiente para cargar con ella.
Eso es lo que hacen los ancianos de Israel (Primer libro de Samuel 8,4–7. 10–22).
No dicen: “No queremos a Dios”.
Dicen: “Queremos un rey que nos juzgue”.
Que decida.
Que luche.
Que se haga cargo.
Parece una solución.
Pero Dios les muestra el costo:
cuando entregas tu discernimiento, también entregas tu libertad.
Y cuando eso ocurre, alguien siempre termina tomando más de lo que da.
No al inicio, sino después.
Cuando ya no decides.
Cuando ya no eliges.
Cuando te sientes reducida, limitada, dependiente.
Y entonces aparece algo más: la queja, la frustración, el reproche.
Incluso hacia Dios.
El salmo no describe resignación ni queja.
Describe otra cosa. Habla de un pueblo que camina en la luz del rostro de Dios.
Que encuentra su fuerza en Él.
Que no depende de un rey visible,
sino de una presencia que sostiene por dentro.
No dice que Dios actúe en lugar del pueblo.
Dice que Dios es su escudo.
Su dignidad.
Su fuerza.
Eso cambia todo.
Porque fe no significa que Dios haga las cosas por ti.
Significa que Dios te fortalece para que tú puedas hacerlas.
En 1 Samuel, el pueblo quiere un rey que luche sus batallas.
En el salmo, el pueblo reconoce que la fuerza viene de Dios,
pero la vida sigue siendo suya para vivirla.
La diferencia es enorme.
Cuando entregas tus decisiones por miedo, pierdes libertad.
Pero cuando confías en Dios, no pierdes responsabilidad,
recibes fuerza para asumirla.
Pero el problema no empezó ahí.
El Evangelio muestra el otro camino.
Un hombre paralizado, inmóvil, incapaz de moverse por sí mismo.
Exactamente como se siente quien ha vivido demasiado tiempo dependiendo de otros.
Jesús no empieza diciéndole “levántate”.
Empieza devolviéndole la libertad por dentro:
“Tus pecados quedan perdonados”.
Lo que te ata, queda suelto.
Lo que te quitó dignidad, pierde poder.
Solo después viene la orden:
“Levántate. Toma tu camilla. Camina”.
Primero libre.
Luego responsable.
Nunca al revés.
Ahí aparece una verdad incómoda pero sanadora:
a veces lo que hoy nos oprime fue, en su momento, una forma de sentirnos a salvo.
Delegar decisiones alivió el miedo.
Pero con el tiempo, también apagó la propia voz.
Y cuando la vida empieza a doler, es fácil culpar a quien decide.
Al otro.
Al sistema.
A Dios.
Sin ver que el encierro no empezó con ellos, sino con la renuncia silenciosa a elegir.
Este susurro no te acusa.
Te devuelve algo.
Porque Dios no quiere gobernarte en lugar de ti.
Quiere fortalecerte para que puedas ponerte de pie.
No quitarte responsabilidad,
sino devolverte la capacidad de vivir desde la libertad.
Y quizá hoy el primer paso no sea enfrentarte a nadie.
Sino reconocer, con honestidad y sin culpa,
qué decisiones dejaste de tomar…
y empezar, poco a poco, a recuperarlas.
Ahí comienza el camino de salida.
🌿Jessica
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Si al leer este susurro reconoces ese círculo de dependencia y miedo, quizá esta reflexión también pueda ayudarte a ir más profundo.
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