Cuando sigues dándote cuenta de que lo sabías desde el principio
Susurros al olivar
A veces lo más doloroso no es equivocarse, sino volver a descubrir que lo sabías… y aun así no te escuchaste.
Reflexión inspirada en las lecturas del 9 de enero 2026
Primera carta de san Juan 5,5–13 | Salmo 147 | Evangelio: Lucas 5,12–16
Susurro del olivar,
Hay una frase que todos hemos dicho alguna vez, casi sin pensar:
“¿Ves? Yo lo sabía”.
A veces sale con alivio.
A veces con frustración.
A veces con una mezcla rara de ambas cosas.
Porque no siempre es una victoria.
Muchas veces es una confirmación tardía.
Lo sabías por dentro.
Lo intuías.
Algo en ti ya había entendido.
Pero dudaste.
Postergaste.
Te convenciste de que no era para tanto.
O te dijiste que necesitabas más señales.
Y luego, cuando la verdad aparece por fin con claridad, vuelves a reconocerla…
otra vez.
Ese “yo lo sabía” repetido no es solo una frase.
Es un dolor: el de haber estado cerca de la verdad, pero vivir como si no lo hubieras estado.
Las lecturas de hoy son profundamente suaves con ese lugar, pero también muy claras.
San Juan insiste en algo que cambia el eje:
el testimonio no está solo fuera, está dentro.
No se trata de esperar pruebas eternamente.
Se trata de reconocer que hay una verdad que ya te ha sido dada por dentro, y que cuando la ignoras, lo único que ocurre es que la vida se retrasa.
No como castigo.
Como consecuencia.
El salmo habla de un Dios que no deja las heridas abiertas.
Un Dios que cura, que venda, que restaura.
Como si dijera:
la verdad no viene solo para señalar, viene para sanar.
Y en el Evangelio, Jesús no se queda en palabras.
Toca.
Sana.
Restituye dignidad.
Y lo que era confuso se vuelve evidente.
Ahí aparece el hilo completo:
La verdad real siempre deja evidencia.
La verdad real siempre trae vida.
La verdad real siempre termina por mostrarse.
Por eso, cuando sigues dándote cuenta de que lo sabías desde el principio, quizá el mensaje no sea “qué tonta fui”.
Quizá sea este:
Aprende a confiar antes.
No en tus impulsos.
No en tus miedos.
Sino en ese testimonio silencioso que vuelve a confirmarse una y otra vez.
Hoy la Escritura no te invita a obsesionarte con señales.
Te invita a volver a la alineación.
A confiar en lo que ya sabes cuando está iluminado por la verdad y conduce a vida.
Porque Dios no es un Dios indeciso.
No es vacilante con tu sanación.
No te mantiene a distancia para ver si “te lo mereces”.
Cuando te acercas, responde con una voluntad clara:
sí.
Y quizás hoy el paso no sea grande.
Quizá sea pequeño, pero real:
la próxima vez que lo sepas por dentro,
no esperes a que la vida te lo repita para poder creerlo.
🌿Jessica
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